[vc_row css_animation="" row_type="row" use_row_as_full_screen_section="no" type="full_width" angled_section="no" text_align="left" background_image_as_pattern="without_pattern"][vc_column][vc_column_text]En su libro “El acoso moral”, Marie-France Hirigoyen habla de lo que ella llama los perversos narcisistas, un concepto del psicoanálisis francés planteado por Paul-Claude Racamier, y que se refiere a lo que hoy suele llamarse trastorno narcisista de la personalidad.

Entre las primeras páginas de la obra ya encontramos estas palabras que definen la esencia de este tipo de abuso relacional: "El primer acto del depredador consiste en paralizar a la víctima para que ésta no se pueda defender".

¿Qué pasaría si te dijera que la búsqueda de la felicidad es, en sí misma, la causa de tu sufrimiento? Suena paradójico, ¿verdad? Esta es la premisa central del psicólogo Russ Harris en su libro La trampa de la felicidad. A través de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), Harris nos invita a desarmar la idea de que para ser felices, debemos eliminar todo malestar.

Vivimos en una cultura que nos vende la idea de que la felicidad es un estado de ánimo constante, libre de dolor, tristeza o ansiedad. Esta narrativa está construida sobre cuatro mitos que, según Harris, nos empujan directamente a caer en lo que él llama "la (gran) trampa de la felicidad".

Cuando oímos hablar de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), la imagen que nos viene a la mente es, casi siempre, la de una persona lidiando con su relación con la comida. Pensamos en la obsesión por las calorías, la restricción, los atracones o las purgas. Sin embargo, esta visión, aunque correcta, es incompleta y a menudo superficial.