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La parálisis de la víctima en el abuso narcisista

En su libro “El acoso moral”, Marie-France Hirigoyen habla de lo que ella llama los perversos narcisistas, un concepto del psicoanálisis francés planteado por Paul-Claude Racamier, y que se refiere a lo que hoy suele llamarse trastorno narcisista de la personalidad.

Entre las primeras páginas de la obra ya encontramos estas palabras que definen la esencia de este tipo de abuso relacional: «El primer acto del depredador consiste en paralizar a la víctima para que ésta no se pueda defender».

El acoso moral o maltrato psicológico, tal como lo describe Hirigoyen, es un proceso en el que un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro.

¿Hacer pedazos a otro no suena bien, verdad?

Cuando hablamos de abuso o perversión narcisista, conviene ser claros en el lenguaje y no dejar lugar al error, prejuicios o interpretaciones teñidas de desconocimiento. Hablamos de depredación, de hacer daño a otro, y de manera puramente intencional, con una agenda en mente.

Durante años, desde el psicoanálisis, se animaba a las víctimas a reflexionar acerca de en qué medida eran responsables de la agresión que padecían, o si quizá de alguna forma la habían deseado inconscientemente.

¿Os imagináis que se le pregunte a alguien en qué medida es responsable de que le hayan atracado a mano armada?

Y es que quienes no han vivido en una relación de abuso de este tipo, no saben ni imaginan en qué consiste esa paralización de la víctima. El escenario puede cambiar, pero siempre hay un patrón sistemático y repetitivo de depredación detrás.

La paralización se produce de manera insidiosa.

Poco a poco. Gota a gota.

Primero se elige el objeto. Se le observa, se le analiza, se buscan sus vulnerabilidades. Luego hay una fase de idealización o love bombing donde el objeto de amor se siente único e irrepetible.

Lleno de amor, atención, mirada, comprensión, pasa por alto el control coercitivo, la manipulación y el gaslighting que se producen desde las primeras etapas de la relación pero que no son identificadas como lo que son, abuso.

Cuando la presa ya ha sido capturada, se le inocula culpa, se la aísla, se la va privando poco a poco de su libertad

Se borra y erosiona su identidad.

Cuando Hirigoyen o Racamier hablan de objeto, no lo hacen solo como una metáfora. Lo dicen en el sentido más crudo y literal: el otro es una cosa. En este sentido, el perverso no se relaciona contigo, sino con la utilidad que proyecta en ti. Eres el receptáculo de su envidia, de su rabia o de su necesidad de control. No hay un «tú», hay una pieza de su propia maquinaria psíquica. No te ve realmente a ti, nunca lo ha hecho.

Por otro lado, eres un suministro: eres quien le hace sentirse importante, visto, reconocido; aunque te sentirás tratada como un electrodoméstico que se usa hasta que se rompe. Por eso, cuando el «objeto» empieza a pensar, cuestionar o a romperse, deja de ser «interesante».

Y es que tarde o temprano, la víctima deja de ser quien era. Pierde vida, fuerza, brillo. Y entonces, se la ataca. Se la devalúa. Hay burlas, desprecios, silencio, frialdad, control, dominio y algo de perversa seducción. En dosis correctas, claro.

Porque la víctima tiene que continuar paralizada. El perverso narcisista recurrirá a cualquier cosa con tal de retener a su presa. Control económico, aislamiento, sabotaje profesional, amenazas veladas o un embarazo no deseado. Todo vale para él.

La agencia y voluntad desaparecen, se destruyen. La identidad de la víctima es erosionada; su alma y su cuerpo corrompidos. Y cuando ya no queda nada, se la empuja al abismo.

No hay remordimiento, no hay conciencia. La víctima se abandona porque ya no sirve, está rota. Ya no es un juguete interesante para jugar.

Quizá hay palabras en este texto que te incomodan. No hablo de víctima y de agresor para colocar a uno del lado del bien, y al otro en el lado del mal. Sino para delimitar que existe un sujeto que ejerce el abuso, y otro que lo padece.

Sin embargo, no voy a definirte por lo que has vivido. Eres mucho más que una víctima de abuso narcisista. La recuperación también implica dejar de girar alrededor del agresor como eje explicativo de tu vida.

Haber sido víctima de abuso, no tiene que colocarnos en ese lugar para siempre. Pero sí que es importante poder pensar y sentir acerca de esto:

Sí. He sido víctima.

Eso es maltrato, eso es abuso, eso es depredación.

Pero el abuso no define quién soy.

Te mando un abrazo muy fuerte, y si estás en una relación de abuso, busca ayuda.

Con cariño, Flor.

 

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