Ansiedad y apego

La ansiedad está presente en la mayoría de problemas y trastornos psicológicos y es, quizá, el principal motivo de consulta en psicoterapiaCuando experimentamos ansiedad nos sentimos tensos, nerviosos y abrumados. Nuestro cuerpo y nuestra mente están en alerta constante. Nos sentimos tristes, cansados e incomprendidos.

La ansiedad nunca viene sola, siempre tiene compañeros de viaje: dificultades para dormir, taquicardias, rumia constante, problemas de concentración y/o atención, bruma mental, pérdidas de memoria, tristeza, frustración, vergüenza y un largo etcétera.

Por eso, cuando en consulta les digo a mis pacientes que la ansiedad en sí no es el problema, poco me extrañan sus miradas de desconcierto. Porque ellos llegan como pidiendo un deseo: “Quítame este malestar” y yo les respondo: La ansiedad nos trae un mensaje, dejemos de silenciarlo.

La ansiedad como tapadera de otras emociones

Podemos pensar en la ansiedad como una olla dentro de nosotros que contiene el caldo de las emociones. En condiciones normales, el fuego es moderado y todo se cocina a fuego lento, pero ante una crisis la intensidad de la llama sube y el «guiso emocional» comienza a hervir. Si no tememos mirar dentro de nosotros en ese momento, nos diremos: «Estoy triste», o «Estoy enfadado» o «Tengo miedo».

Pero si no tenemos la costumbre de conectarnos con nuestras emociones para protegernos del dolor, el mecanismo que utilizaremos será el de coger una tapadera para la olla y no tomar contacto con lo que sentimos. Esa tapadera suele ser la ansiedad en sus diferentes versiones.

Entonces, si algo irrumpe alterando la normalidad, el hervor hará bailar la tapadera y la ansiedad se manifestará según el grado de ocultación de nuestros conflictos emocionales. Por eso, muchos pacientes aseguran que su único problema es la ansiedad, convirtiéndola en un «cajón de sastre» sin identificar los conflictos subyacentes.

La ansiedad es una señal de alarma de que algo altera nuestra vida, pero existe una excepción: ante el impacto de un trauma o una situación de pérdida de un ser querido, la ansiedad aparece como un elemento protector para darnos tiempo a asimilar lo ocurrido. En estas situaciones, la ansiedad forma parte de un proceso de duelo por la normalidad perdida y es importante normalizar la sintomatología ansiosa.

La ansiedad: esa pelea entre la aproximación y la defensa

Para que nos entendamos a qué me refiero cuando digo que la ansiedad nos trae un mensaje, primero tenemos que entender cómo se organizan nuestras emociones y nuestro psiquismo desde el momento en que llegamos al mundo, y por supuesto, esto tendrá que ver con nuestras figuras de apego y con dos sistemas con los que venimos «de base», los sistemas psicobiológicos de aproximación y defensa (o protección).

El Sistema de Aproximación nos ayuda a discriminar los estímulos que no nos harán daño, y por tanto, a los que podemos y debemos acercarnos. Digamos que carga con la información que nos permite ir hacia otros, aproximarnos, vincularnos. Nos ayuda a experimentar la pertenencia pues nos conecta con los demás seres humanos y nos permite formar grupo. Se alimenta de emociones como el amor, la alegría y la curiosidad. Está claramente al servicio de la vinculación y el apego.

El Sistema de Defensa nos faculta para diferenciar aquellos estímulos potencialmente peligrosos o dañinos, de los que debemos alejarnos, distanciarnos, desvincularnos. Se expresa a través del miedo, la rabia y la tristeza. Este sistema está por consiguiente al servicio de la desvinculación o desapego.

El síntoma nos trae un mensaje, dejemos de silenciarlo.

Cuando somos niños necesitamos permanecer vinculados para sobrevivir, y eso hace que uno de los dos sistemas tenga que ser silenciado. Especialmente cuando algo que proviene del sistema de defensa puede avisarnos de que hay algo que me hace daño o me chirría de mamá o de papá.

Si los sistemas de defensa y aproximación no se desarrollan adecuadamente, esto repercutirá inevitablemente en los sistemas que dependen de ellos, como el juego, la capacidad de disfrute, la socialización, regulación de la energía o sexualidad.

Esto hará que los esquemas de funcionamiento que desarrolle la persona no sean los más eficaces, que aparezcan creencias negativas y limitantes acerca de uno mismo, el mundo y los demás, y que el individuo se sienta solo, marginado, inadaptado, poco capaz, poco válido y querible.

Los sistemas de aproximación y defensa son como la tierra, el agua y la luz. Son la base para nuestro crecimiento y adaptación. Son la clave para entender cómo y por qué funcionamos como lo hacemos.

El desarrollo de estos dos sistemas básicos depende de nuestras figuras de cuidado-apego.

Todo está condicionado a las capacidades de nuestras principales figuras vinculares para sintonizar con nuestras necesidades, para hacer la traducción adecuada en relación con la experiencia interna y externa que vivimos, y para responder contingentemente. Y ahí es donde surgen los conflictos, y la ansiedad al no poder resolverlos.

La ansiedad ante la imposibilidad de resolver un conflicto

Bowlby decía hace años que la adaptación supone la resolución satisfactoria de los conflictos. Y lo cierto es que la vida nos está conflictuando constantemente. No por nada este psiquiatra que tanto nos hablaba del apego, decía que el conflicto es el estado normal de las cosas, y que la salud mental era la adecuada regulación de los mismos.

Por lo tanto, la máxima adaptativa es aprender a solucionar los conflictos satisfactoriamente. ¿Y cuál es el conflicto básico universal?

Experimentar un deseo y su contrario simultáneamente.

El conflicto universal de todo ser humano consistirá en experimentar simultáneamente, el deseo de apegarse y desapegarse de una misma persona.

Y las personas que principalmente nos generan conflicto son mamá y papá. Pero a la vez les necesito para sobrevivir (cuando soy pequeñito, no cuando tengo 40 años). Y si les necesito para sobrevivir tengo que colocarlos sí o sí en el polo-lado de los buenos. Mamá y papá todo lo pueden. Todo lo saben. Todo me lo pueden dar.

El problema es cuando no es así. O cuando mamá y/o papá que son quieren tienen que cuidarme me dan miedo, o me ponen triste, o no me entienden. Y como decía antes: todo lo que contradiga la premisa «Mamá y papá están en el lado de los buenos», se enviará a  los mismísimos infiernos del inconsciente, porque tiene que primar la vinculación.

 

Mamá no me entiende, se transformará en Soy muy sensible.

Papá no me mirase transformará en Soy invisible, no importo.

Mamá no me abrazase transformará en No soy querible.

Papá me pide que saque sobresalientes, se transformará en Nada es suficiente.

Me he portado mal, se transformará en Soy mala.

He cometido un error, se transformará en Estoy dañada para siempre.

A este mecanismo de mandar al terreno de lo inconsciente todo lo relacionado con el sistema de defensa, lo llamamos disociación. Silenciar toda una parte fundamental de nosotros mismos es nefasto a medio-largo plazo a pesar de suponer la mejor opción en un principio. Vivir traicionándonos nos trae aparejadas grandes dosis de ansiedad.

Este silencio tiene un precio: síntomas. Implica atrofiar estructuras, derrochar energía manteniendo esta información fuera de la conciencia y generar así déficit de atención, transformar la emoción en movimiento (porque no he aprendido a tolerarla, regularla) y acabar teniendo un diagnóstico de hiperactividad, presentar todo tipo de síntomas corporales porque «el cuerpo siempre lleva la cuenta«, no recordar casi nada o nada en absoluto de nuestra historia y nuestra infancia (amnesia disociativa); tener pesadillas recurrentes, generar ideas erróneas sobre nosotros y el mundo. En definitiva, una incontable lista de problemas, síntomas y trastornos.

Quiero saber si puedes decepcionar a otra persona para ser fiel a ti mismo; si podrías soportar la acusación de traición y no traicionar a tu propia alma.

Oriah Mountain Dreamer
The Invitation

Puedo acompañarte si necesitas ayuda con:

Trastornos de ansiedad: ansiedad generalizada, ansiedad social, hipocondría, miedos, pánico y fobias.

Conflictos internos: cuando la ansiedad aparece «sin causa aparente» pero estás pasando por momentos de cambios, crisis, estrés crónico o procesos de duelo.

Ansiedad y apego: relaciones y vínculos, procesos de individuación y diferenciación, dependencia emocional y patrones que se repiten.

Obsesiones y compulsiones: gestión de pensamientos intrusivos desagradables o rituales compulsivos que te generan malestar y dificultan tu vida diaria.

Problemas para dormir: Dificultad para conciliar o mantener el sueño, o un sueño no reparador debido a la inquietud y los pensamientos recurrentes.

Regulación emocional: gestión de emociones incómodas como la rabia, tristeza, miedo, culpa y vergüenza.

Gestión del estrés: hábitos saludables, habilidades mindfulness, descanso y estilo de vida.

Síntomas psicosomáticos: molestias físicas no explicadas por una causa médica, como náuseas, diarreas, cefaleas, dolor crónico o bruxismo.

Envíame un mensaje

Si tienes alguna duda antes de iniciar tu proceso o si quieres agendar una primera sesión, puedes dejar aquí tu mensaje.


    He leído y acepto el Aviso Legal y la Política de Privacidad.